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Dame un kiss, yo te lo pido plis…..


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El sentimiento del que se afirma es la fuerza motriz del mundo, ha mutado en sus formas de expresión, se ha transfigurado y vulgarizado, digámoslo así, en los últimos tiempos. Me atrevería a afirmar que no es más que una respuesta a la forma en que se mueve el contexto, y es comprensible. Recordemos la revolución sexual que se vivió en los 60 del pasado siglo. ¿Candente, verdad? Pero en la segunda década de la actual centuria y en este sitio del Caribe, una escena como esta puede ser muy frecuente.
Se aproxima el 14 de Febrero y flores artificiales atrapadas en cárceles de vidrio, ositos de peluche de un acabado cuestionable, postalitas de I love you y ojitos tiernos en rostros de cartoons, son los candidatos para ser pruebas de amor.
En tanto Yo solo quiero verte el blúmer, es la “música” de fondo que ameniza la charla de los jovencitos, mientras teorizan con sólidos argumentos para dilucidar si fulanita está más buena que menganita. Y ahí usted se pregunta:
¿A dónde fue a parar el amor platónico? Si ha visto Hola soy Germán, dirá que es amor en un plato para Nico, pero no, me refiero a los idílicos e imposibles romances de la pubertad que inspiraban versitos y cursilerías, o actos de supremo arrojo como trepar a cuarta planta y colarse por el alero al albergue de las hembras, a riesgo de ser atrapado por el profesor de guardia o de caer hecho omelet en medio de la plaza, ( todo ello me parece descabellado, pero no dudarán que era un tanto heroico), o el arrojo o baja percepción del riesgo, de presentarse a “pedir” a la novia en casa de los padres.
Sin ánimo de generalizar diré que las cosas ahora se mueven a otra velocidad y por distintos motivos, y en mi defensa debo alegar que solo hace 6 años salí de lo que los científicos llaman, adolescencia. Por eso no entiendo estas nuevas dinámicas de pareja si es que se les puede llamar así. No obstante estoy lejos de compartir el estribillo de que nadie quiere a nadie, se acabó el querer. Pero la verdad es que la forma en que muchos expresan su afecto por estos días es bien llamativa. Por ejemplo:
En la penumbra de un parque de la ciudad, a horcajadas, sobre un banco, una parejita conversa, se acarician…la luna pone la media luz, los rostros jóvenes hacen pensar en primavera y ensueño cuando ella, rompiendo el silencio entre decidida y rebelde le suelta una frase como para morir, definitiva, imponente:
-Dame un beso ahí, asere….
Y todo se vuelve de piedra, ¿cierto?
No esperaba algo como Romeo, solo tu nombre es mi enemigo, ni puedo escribir los versos más tristes esta noche, o bello mancebo, deme un ósculo, pero a dónde fue a parar la ternura.
Tal vez huyó cuando nació el reguetón.

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La importancia de llamarse Adela


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Por muchos años odié llamarme Adela. No entendía la extraña combinación entre el Liset parco , económico en letras, con un Adela de sonido añejo.

Liset Adela, así me llamé desde julio de 1988, pero me costó casi dos décadas valorar la más valiosa herencia que recibiría de mi abuela, la primigenia, la gladiadora, la primera: Luz Adela Beltrán Sarracén.

 

Mi abuela mulata que bordaba en punto de cruz, (algo que nunca aprendí pese a sus intentos por enseñarme), paisajes prestados de catálogos europeos; la cuentera más maravillosa cuyas historias , aprendidas de su propia abuela, estaban en el viento y la memoria y no en los libros, quizás por eso los cuentos se perdieron cuando ella empezó a olvidar las cosas.

Mi abuela de piel gastada y brillante, la mejor dulcera del mundo, nada como sus enormes ollas de arroz con leche, las raspas de las cremitas en el caldero o el dulce de coco, en el término justo de miel y guayaba, que desde que llegó su diabetes nadie ha podido repetir.

 

 

Matriarca soberana de su casa de techo de zinc y patio verde que a pesar de los pronósticos y achaques se acerca despacio y con bastón a los 90 años y dice el nombre de sus tres hijas y el de 4 nietas antes de recordar el mío, pero que en cuanto me ve exclama: ¡Corazón!

Recién ahora entiendo su legado. Tengo 25 años y una hija de 3 que ha resultado ser la sexta Adela. Hace un tiempo descubrí que ese nombre significa invisible y me opongo. He comenzado a tomar mis previsiones, quiero perpetuarlo para Mamidela, la que habla como en las telenovelas, aunque es apenas letrada, que ha criado hijos, sobrinos y nietos, con el mismo corazón gastado por las pérdidas, desarraigos y carencias.

Esa no puede ser una mujer invisible, en cualquier caso debiera significar semilla o sencillamente nacedora.

 


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