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Senectud


 

Tener hijos, sentir que no puedes hacer cosas que antaño te resultaban cotidianas y sencillas, cumplir 30 años o más otorga una conciencia de la mortalidad que puede ser dolorosa, pesada. Envejecer, cosa que se dice hacemos desde el nacimiento, pero de la que solo se es realmente consiente al ver las canas de tus padres, es un proceso complejo y aceptarlo, un reto enorme.

Nunca como ahora fue tan evidente cuántas carencias sufre este grupo etario, más allá de políticas institucionales, prioridades gubernamentales o voluntad estatal.

Cama fowler, colchón antiescaras, pañales desechables, toallitas húmedas, medias para favorecer la circulación, bastones, andadores, suplementos alimenticios, accesorios para el baño, parecen lujos en muchos casos en los que incluso, la eufemística e indefinible vivienda digna continúa siendo un anhelo por alcanzar pese a que quienes la sueñan pueden incluso superar la esperanza de vida de la nación.

Peor que no tener nada de esto, por demás necesario, es la desmemoria, la postración, la soledad, el desamor, la certeza de una enfermedad terminal, a todo ello puede enfrentarse un anciano, a todo eso podemos enfrentarnos los que hoy les vemos perder recuerdos, movilidad, facultades.

Muchos hemos tenido que enfrentar la contabilidad que no cuadra, la búsqueda de una mano financiada por un bolsillo ya sufrido, para brindar compañía y ayuda a los ancianos solos durante el día o el año.

Algunos han debido dejar sus empleos para cuidar a los mayores de la casa, menguando sus ingresos en un momento en que necesitarían duplicarlos, es así como se enfrenta la sociedad cubana actual a ese fenómeno que vive una isla del tercer mundo como si fuese del primero. Y aunque las garantías de salud gratuita, pensión, hogares de ancianos, círculos de abuelo, conforman un alentador panorama, sigue siendo insuficiente.

Es complejísima la situación a la que se enfrenta la familia cubana en este siglo que ya va para su tercera década. Las soluciones que se requieren son para ayer, porque antes de que podamos darnos cuenta llegará el día en que no veremos las letras chiquitas, nos será imposible enhebrar una aguja sin ayuda, tocarnos los dedos de los pies, o recordar dónde dejamos la dentadura postiza, tal vez antes de lo que suponíamos, estaremos tan desgastados de cuidar a los que llegaron primero, y entonces lamentaremos no haber garantizado para ellos y para nosotros mejores condiciones.

La atención a los adultos mayores requiere un trabajo consciente, multisectorial, sistémico, estratégico, sostenido y sostenible. Con suerte todos llegaremos a viejos, y es necesario poner en esa etapa de la vida dignidad y respeto, atención y cuidado.

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¿Letra muerta?


Él no puede renunciar a ese placer que conoce hace tantos años. Es capaz de hacerlo en la cama, el sillón, un auto, la playa, la guagua. Ahora puede incluso disfrutarlo con la luz encendida y también apagada. Le encantan los momentos previos, de ir descubriendo cada parte, lo seduce la expectativa y le fascina la sensación contradictoria del final al que ansía llegar para propiciar un nuevo comienzo, en un ciclo infinito de éxtasis, casi siempre privado.

Lo mejor de estos tiempos es que puede tener consigo a la vez tantos como en su memoria quepan, sin temer al peso o largo de cada uno. Igualmente puede hacerlo más grande o más pequeño si quiere, cambiar su aspecto para mayor comodidad. Todo ello desde que lee con el celular.

Ha visto estudios sobre cuánto de superior tiene la lectura de la página impresa, de que la luz de las pantallas estimula la vigilia y por eso, puede tener insomnio; ha oído anunciar, por casi dos décadas, la muerte del libro en soporte “duro”. Pero está convencido de que como no murió el teatro con la radio, ni esta con la televisión, ni todos ellos con el surgimiento de internet, no pueden tener razón estos agoreros pronósticos hacia el invento de Gutenberg.

Él mismo no ha renunciado a su biblioteca personal de desvencijados tomos, amadísimas páginas de Raduga, Progreso, Mondadori, Alfaguara, Gente Nueva, Abril, Letras Cubanas, La Luz, tantas editoriales que han impreso sus sueños. Y eso no anula que ahora le apasione leer de otro modo, que al final viene a ser el mismo.

Como todo buen lector, su orgullo máximo radica en las joyas de su librero, rarezas, ediciones limitadas y robos a bibliotecas públicas, ojo: no estimula este “vicio”, solo es un comentario al margen.

El desarrollo de la tecnología le ha traído un insólito valor agregado al proceso de lectura, zona wifi mediante descarga novedades literarias, antiquísimos títulos que siempre anheló presumir, pero sobre todo puede leer online y ser coautor de relatos de nuevo tipo, basados en la multimedialidad e interactividad, dos preciosos regalos de la red de redes.

El nuevo soporte permite a los cibernautas contar su propia historia o enriquecer historias preexistentes, así, en un proceso de construcción colectiva, ya el lector no parece estar solo con sus páginas, sino que lee junto a otros, aunque la distancia no importa, es un desdibujado término que puede ahora solo contarse en clics.

De la lectura lineal, hoy es posible pasar a una horizontalidad gracias a los hipertextos, que permiten recorridos tan diversos como usuarios se acerquen a un producto, y aquello que Cortázar planteó en Rayuela, le parece la génesis de esta posibilidad maravillosa.

Ahora el libro es más suyo y al mismo tiempo de miles de internautas. La narrativa transmedia, fenómeno relativamente reciente en el contexto de los denominados nuevos medios, prende entre las audiencias como una nueva posibilidad de consumo de los productos de la cultura.

Por eso hace oídos sordos a los apocalípticos anuncios de la muerte de la lectura o el libro, tampoco cree que realmente se lea menos, entiende que se hace de otros modos y brinda por eso con una inseparable taza de café. mientras pantallas de computadoras, tabletas, celulares o readers, junto a la maravilla de la letra impresa, sigan cautivando al menos a una persona sobre la Tierra, seguirá creyendo en lo insustituible de ese placer que conoce hace tantos años y del que no puede prescindir más allá de los soportes.


Donde el tiempo no se detuvo


sagua 1
Un pueblito en un valle. Un río, sierpe temible que duerme en silencio hasta que el aguacero insufla vida a su cauce. Entonces se derrama, muerde la tierra, arrasa, pero hoy no, hoy está quieto.

sagua2 parque martí
Es mayo. Hay gente en las esquinas. Un cumpleaños cualquiera hace que cierren la cuadra y se pare el tránsito en una vía cercana al centro. Pero a todos les parece natural.
Carretillas con mangos, tomates, pepinos, piñas. En el parque los de siempre y los de paso, la iglesia gris y añeja al fondo, católica, apostólica y romana como la de los pueblos con sabor antiguo.
En la casa de cultura un hombre sigue luchando contra la desmemoria y ahora su nombre está escrito en la pared: Mingolo, su aula de música y al lado la biblioteca y el reposo de los libros que esperan manos nuevas.
Bajo por la calle más transitada y hay un lugar insigne, allí van todos aun sin ser invitados, sin costo alguno. Allí se habla de política, religión, pelota, economía, de lo irremediable. Se llora a ratos, se cuentan chistes verdes, rojos, negros, se toma café, se comen bocaditos y se dice “y cómo fue…”
Más tarde la multitud camina despacio todo el trayecto hasta el camposanto rindiendo honor al que parte, a su familia, a la memoria, porque en Sagua la muerte es un momento esencial de la vida, un pretexto para coincidir. Casi religiosamente se despide duelo sea quien fuere el difunto, se llora mucho, hasta se puede beber en nombre del que ya no está.
De regreso te encuentras con tantos personajes pintorescos : hay borrachines simpáticos, guapos temibles , escritores semidesconocidos, viejos héroes de guerras casi olvidadas, ancianas memorables que desde el portal saludan, aconsejan, abrazan, ordenan, amarran el tiempo.

sagua 3 vista aérea
Así llega la noche. En el parque la música sube, en las casas la humedad del río se cuela, reina el sueño, pero algo lo interrumpe, voces, clarinete, guitarra en la ventana. Son las doce y empiezan las serenatas, nunca madrecita del alma querida suena más conmovedor ni franco, son jóvenes van de puerta en puerta cantando a vecinas de años y a desconocidas que salen de la modorra para agradecer el gesto y luego dormir con la música arrullándole a lo lejos.
Al día siguiente todos se saludan, se felicitan. Los que vienen de viaje como si nunca hubieran partido, los de casa con actitud de anfitrión confiable.
Y pasan los días en Sagua de Tánamo, un pueblo donde algunos piensan que no cambia nada, que el tiempo se detuvo, pero las costumbres, la tradición, y algo que tiene que ver con las esencias del pueblo chico permanecen pese a la señal wifi y la televisión digital, pese al tiempo.


La maldición del cromosma X


No sé si la primera en bajar del árbol fue hembra o si el fuego lo empleó una primigenia ama de casa hastiada del mamut crudo. Dicen que tras cada gran hombre hay una gran mujer. Si es por Napoleón, esta relación de proporcionalidad no ayudaba a Josefina. Eso me lleva a preguntarme: ¿qué estatura tendrán los esposos de las grandes mujeres de la Historia humana? Continuar leyendo


Aroma de mariposas


 

 

No alcancé a escuchar su voz en la radio o verla en vivo en la televisión para hacerme una imagen suya. Debí conformarme con las fotos y lo que enseñan los libros. Ella murió demasiado pronto, aun así apostaría a que olía a mariposas, tanto tiempo prendidas de su pelo debieron marcarla con ese aroma a Cuba de los níveos pétalos.

FLOR

Han transcurrido 36 años de ese acontecimiento y algunos afirman que aquel 11 de enero también murió una esencia, algo estrechamente ligado a la Revolución. Otros aseguran que era como una santa, pero una santa que fumaba mucho y se vestía con sencillez, que implantó algunas modas, aunque también llevaba el verdeolivo como si fuera glamouroso atuendo. La mujer era fuerte, tanto que subió a la Sierra a poner un busto de Martí y luego a liberarla, y al resto de la isla. Una celosa guardiana de la verdad que se ocupó de que la Historia recogiera con detalle minucioso cada evento de esos días en que las montañas fueron trampa y abrigo.

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También dicen que sabía entender a los que a ella acudían con algún pedido. Cuentan que era muy justa y que trabajaba como si supiera corto el tiempo y tratara de aprovecharlo minuto a minuto. Los niños de aquellos primeros años de la Revolución que vivían cerca de su casa atestiguan como entre pillos y curiosos iban a pedir los mangos de su patio y no pocos hicieron carreras gracias a su proverbial generosidad y comprensión.

Por eso se multiplican los homenajes por estos días a la heroína, como el que rindieron estudiantes, trabajadores de servicios y docentes holguineros este viernes, en el campus universitario que lleva su nombre, pues Celia Sánchez Manduley se trocó en símbolo en un país donde la mujer comenzó, con cubanas como ella, a forjarse un sitio a la misma altura de los hombres.


Cambia ¿todo cambia?


uniforme-escolar
¡Cómo han cambiado las cosas desde que empecé a estudiar hasta hoy! Y no es malo. El inmovilismo y la perpetua quietud de la roca no van con el comportamiento humano. El cambio para bien, el que se espera de las mentalidades; el de la actitud de desidia y de indolencia por un proceder responsable para con los demás, ese, es necesario.
Sin embargo, a pesar del tiempo hay cosas que veo inamovibles. Por ejemplo la eterna contienda de los profesores con el alumnado respecto al correcto uso del uniforme, trasciende cualquier moda o generación. Supongo que es tan antigua como los mismos atuendos, que dicho sea de paso, son de igual diseño hace varias décadas pero se rigen por los mismos reglamentos que cuando fueron concebidos.
¿Quieren una evidencia de lo reticente del susodicho tema? Hace casi un año, tras 20 de su estreno en la televisión nacional, se transmitió la serie Blanco y Negro no. Ubíquense, moda de los ´90, extra talla, todo como si lo hubieras comprado para tu pariente más obeso. Y allí estaba el chiquillo de la camisa por fuera, irreverente y con el pelo largo, siempre fustigado por sus indisciplinas que se extendieron hasta casi el último capítulo. También vimos al brillante Alejandro Cosío, que se las sabía todas, sacaba 100, aunque fue requerido igualmente por violar el reglamento escolar en cuanto a la apariencia que se debe conservar en un centro de estudios.
Seamos justos, no son mejores o peores los estudiantes por el largo de su saya, estrecho de su pantalón o ajustado de sus blusas. Así mismo es imposible que estas prendas sigan el vertiginoso y voluble paso de la moda, no están pensadas para ir de fiesta. Su nombre indica el propósito para el que han sido concebidos: la uniformidad. Ellos son además un modo de educar en el cumplimiento de normas, disciplina y respeto.
Pero el análisis de las indisciplinas que acarrea el uso incorrecto del uniforme escolar no debe ser el centro del proceso educativo donde otros factores demandan atención urgente y son, a mi juicio, más importantes, por ejemplo, la formación vocacional, tan deficiente y necesaria, el rigor para evitar el fraude académico, el cumplimiento cabal del horario, la calidad de las clases y la disponibilidad de docentes para impartirlas.
Se ha hablado por horas y escrito decenas de cuartillas sobre la formación de valores, los métodos para lograrlo son algo que necesita revisarse pues considero ineficaz el que conocí en mi aula de quinto grado, donde escribieron en hojas de papel los principales que supuestamente correspondían a un niño y los pegaron en los cristales de las ventanas para luego hacernos memorizarlos como hueca cancioncilla que luego termina por olvidarse o perder su valor semántico.
Así mismo aprendimos de memoria nombre y significado de cada símbolo y atributo, con sus repasos respectivos cada vez que se anunciaba visita a la escuela. No diré fue que fue inútilmente, pero de seguro habrán recursos más eficaces para formar conciencia de la nacionalidad y sentido de pertenencia, si no se respetaran más cada uno de estos símbolos.
¿O les parece adecuado lo siguiente?: ante el nivel casi inaudible con se canta en muchos lugares el himno, un profesor de una escuela X de esta ciudad, los hizo repetirlo una y otra vez. El canto liberatorio que en el Bayamo colonial henchía pechos, en aquella escuela fungía como castigo. Pero no se asombren, ese es un viejo método. Si lo sabré yo que junto a mis condiscípulos lo repetía a voz en cuello y saludando la bandera hasta que al director de mi seminternado le parecía correcto.
No, no se educa así, no germina el amor por la Historia y sus hacedores imponiendo sanciones con lo que la representa, no se cultiva disciplina persiguiendo chiquillas con la cinta métrica como arma, para ver si su saya es realmente del largo exigido, que lo digan todo los que han pasado de la primaria al pre y tuvieron compañeras que prácticamente iban en minifaldas. Al final fueron a la universidad, o no, pero no fue determinante cuánto muslo mostraron, más allá de los cuatro dedos reglamentarios.
Ojo, no promuevo un relajamiento en lo estipulado respecto al vestuario de los educandos, sino dedicar la cantidad de tiempo y energía fundamental a problemas más serios que sí podrían determinar el futuro de los que hoy quieren llevar al aula el último grito de la moda.


Fin de año: suma y sigue…


Un mes antes saco la agenda y con un título soñador comienzo, COSAS POR COMPRAR, debajo crece mi imaginación: carne, sidra , aceitunas, turrones Jijona y Alicante, helado, uvas pasas, chocolates, vino, ensaladas, cerveza, vianda, casabe, especias, refresco para los que no beben alcohol… Todo para consumir en un día. Esto lo hago sin contar con él, para que luego me censure, acorte mi lista, espante mi sueño y me impida sucumbir ante la gula.
Después de tanto planear menús alternativos, me sorprende la fecha, pues diciembre parece tener cada año más prisa por irse. Sin nada en las manos quisiera que las fiestas fueran las del año nuevo lunar, en China: en enero o febrero, pese a que tenga que disfrazarme de león o dragón, aunque bien podría reservar ese vestuario para la cola en el “agro”.

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Ahí es cuando él hace lo suyo: Salario me sacude por las solapas imaginarias y me dice: a madrugar, por si hay carne a 17; compra turrones de maní, que sus primos ibéricos Jijona y Alicante, pueden costar un cuarto de tus ingresos mensuales; ensalada de “loquehaya”, la más nutritiva; el casabe… bueno, ese aún no vuela tan alto como otros rubros. Así voy ajustando la lista a mi bolsillo y con lo que alcanzo a adquirir, el 31 de diciembre me vuelve maga o anirista en medio de mi cocina.
Pero me desempeño con dignidad, que a final el cubano siempre añora la combinación perfecta: puerco asado, congrí y yuca con mojo. ¡Y allá va eso! Aunque siempre ocurren imprevistos, como la ocasión en que el horno no encendió y debimos improvisar un brasero en el balcón de un segundo piso. O cuando, listo el pernil al carbón, todos entraron a casa y dejaron al asado solo; al regresar, perros más inteligentes que humanos celebraban el fin de una prolongada inanición.
Pese a preparativos con varios días de antelación, a la hora de los mameyes, parece que el puerco estará para el Nowruz, el antiguo año nuevo persa, que se celebraba en marzo. O peor, que se termine para el Enqutatash, cuando inauguran su calendario los etíopes, el 11 o 12 de septiembre de 2016; sobre todo si al frente de esa “tarea de choque” hay más de una persona y todos quieren ser jefes.

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Quizás la demora es parte de la tradición y obliga a todos a estar en torno al fuego, o no, pero sí a conversar, a rememorar años pasados, puercos que quedaron crudos; muchachos que pedían huevo frito en lugar del humeante cerdo que llenara de callos las manos de sus padres; se habla de viejas costumbres para días como este y se siente hambre… pero se aguanta para entrarle con ganas al pellejito y a unas masas con mojito.
Por eso, desecho la usanza española de comer 12 uvas una por cada campanada de la medianoche; ignoro la griega, quienes comen un pastel donde pusieron una moneda que hará afortunado a quien la halle; aunque viendo cómo les va a los griegos, parece que no les ha tocado el trozo premiado a una “pila” de gente por estos días. Tampoco asumo el hábito común en Suecia y Noruega, donde esconden una almendra dentro de arroz con leche, dicen que para la buena fortuna.
Mientras en los templos budistas suenan 108 veces los gongs, los cubanos nos abrazamos, con el himno de fondo y Serrano u otro locutor del NTV felicitándonos por un Primero de Enero más, lanzamos agua pa’ la calle, rodamos la maleta por toda una cuadra y finalmente comemos el lechoncito que, tarde pero seguro, llega. Yo murmuro como mi bisabuela: misericordia pa’ los hermanos de la tierra.
Vale la pena quedar en bancarrota, a fin de cuentas el 31 no está tan lejos del día 5.

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