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Cambia ¿todo cambia?


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¡Cómo han cambiado las cosas desde que empecé a estudiar hasta hoy! Y no es malo. El inmovilismo y la perpetua quietud de la roca no van con el comportamiento humano. El cambio para bien, el que se espera de las mentalidades; el de la actitud de desidia y de indolencia por un proceder responsable para con los demás, ese, es necesario.
Sin embargo, a pesar del tiempo hay cosas que veo inamovibles. Por ejemplo la eterna contienda de los profesores con el alumnado respecto al correcto uso del uniforme, trasciende cualquier moda o generación. Supongo que es tan antigua como los mismos atuendos, que dicho sea de paso, son de igual diseño hace varias décadas pero se rigen por los mismos reglamentos que cuando fueron concebidos.
¿Quieren una evidencia de lo reticente del susodicho tema? Hace casi un año, tras 20 de su estreno en la televisión nacional, se transmitió la serie Blanco y Negro no. Ubíquense, moda de los ´90, extra talla, todo como si lo hubieras comprado para tu pariente más obeso. Y allí estaba el chiquillo de la camisa por fuera, irreverente y con el pelo largo, siempre fustigado por sus indisciplinas que se extendieron hasta casi el último capítulo. También vimos al brillante Alejandro Cosío, que se las sabía todas, sacaba 100, aunque fue requerido igualmente por violar el reglamento escolar en cuanto a la apariencia que se debe conservar en un centro de estudios.
Seamos justos, no son mejores o peores los estudiantes por el largo de su saya, estrecho de su pantalón o ajustado de sus blusas. Así mismo es imposible que estas prendas sigan el vertiginoso y voluble paso de la moda, no están pensadas para ir de fiesta. Su nombre indica el propósito para el que han sido concebidos: la uniformidad. Ellos son además un modo de educar en el cumplimiento de normas, disciplina y respeto.
Pero el análisis de las indisciplinas que acarrea el uso incorrecto del uniforme escolar no debe ser el centro del proceso educativo donde otros factores demandan atención urgente y son, a mi juicio, más importantes, por ejemplo, la formación vocacional, tan deficiente y necesaria, el rigor para evitar el fraude académico, el cumplimiento cabal del horario, la calidad de las clases y la disponibilidad de docentes para impartirlas.
Se ha hablado por horas y escrito decenas de cuartillas sobre la formación de valores, los métodos para lograrlo son algo que necesita revisarse pues considero ineficaz el que conocí en mi aula de quinto grado, donde escribieron en hojas de papel los principales que supuestamente correspondían a un niño y los pegaron en los cristales de las ventanas para luego hacernos memorizarlos como hueca cancioncilla que luego termina por olvidarse o perder su valor semántico.
Así mismo aprendimos de memoria nombre y significado de cada símbolo y atributo, con sus repasos respectivos cada vez que se anunciaba visita a la escuela. No diré fue que fue inútilmente, pero de seguro habrán recursos más eficaces para formar conciencia de la nacionalidad y sentido de pertenencia, si no se respetaran más cada uno de estos símbolos.
¿O les parece adecuado lo siguiente?: ante el nivel casi inaudible con se canta en muchos lugares el himno, un profesor de una escuela X de esta ciudad, los hizo repetirlo una y otra vez. El canto liberatorio que en el Bayamo colonial henchía pechos, en aquella escuela fungía como castigo. Pero no se asombren, ese es un viejo método. Si lo sabré yo que junto a mis condiscípulos lo repetía a voz en cuello y saludando la bandera hasta que al director de mi seminternado le parecía correcto.
No, no se educa así, no germina el amor por la Historia y sus hacedores imponiendo sanciones con lo que la representa, no se cultiva disciplina persiguiendo chiquillas con la cinta métrica como arma, para ver si su saya es realmente del largo exigido, que lo digan todo los que han pasado de la primaria al pre y tuvieron compañeras que prácticamente iban en minifaldas. Al final fueron a la universidad, o no, pero no fue determinante cuánto muslo mostraron, más allá de los cuatro dedos reglamentarios.
Ojo, no promuevo un relajamiento en lo estipulado respecto al vestuario de los educandos, sino dedicar la cantidad de tiempo y energía fundamental a problemas más serios que sí podrían determinar el futuro de los que hoy quieren llevar al aula el último grito de la moda.

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La lista


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Comenzaba septiembre y con el mi odisea. Más difícil que llegar a Itaca resultaba acopiar todos los artículos que la enseñanza prescolar exige a los padres de los parvulitos. La escuela de hoy se diferencia mucho de la de mis recuerdos donde escaseaba la plastilina, no teníamos acuarelas para todos y la libreta era la mitad de un cuaderno, confeccionado con papel de dudosa calidad; tampoco habían televisores en las aulas ni conocía de loncheras: para el pan tostado y el refresco bastaba una jabita tejida o el lujo de aquella de plástico aún en venta en las redes de comercio en pesos cubanísimos también denominados cup. art
Pero mi generación nada tiene que ver con esta. No puede negarse el desarrollo, tampoco el vergonzante subdesarrollo al que nos enfrentamos aun cuando se afirma: todo está preparado para comenzar el curso.
Este septiembre yo no lo estaba, la lista de cosas que debía llevar iba desde un delantal pasando por toallita, servilleta, mantel, pelota de trapo, pompón, bastón, papel, file, entre otros útiles y aditamentos que debíamos confeccionar los padres de los principiantes.

Mucho cuesta a mamá ponerse en plan art attack y confeccionar marcadores, figuras geométricas ¿esquema mudo?, cartón de apoyo y los textiles antes mencionados. Una naciente y creativa industria artesanal, por contradictorio que suene, viene a salvar a las que no fueron dotadas con habilidad para las manualidades, y de la cola de las mochilas sale la madre preocupadísima a luchar su lista porque “su hijo no va a ser menos que nadie”.
No recuerdo que mi madre tuviera tales conflictos en mi paso por la enseñanza primaria y aunque ahora el cambio climático es muy evidente, ni en los tórridos fines de curso se habló de “poninas” para un ventilador. Pero los niños padecen y qué no darían sus padres por garantizarles el confort, entonces vuelve la recaudación, ahora también por una lámpara, y ya que estamos aquí por un poco de pintura, que el aula está muy feíta, ¿y la palangana con su respectivo palanganero? No queremos que se enfermen los pequeños. Sé de quien tuvo que llevar hasta una silla.
Luego vienen los imperativos del contexto y hacen falta 12 cubos de arena, y unos metros de acero, porque de las instancias superiores asignaron cemento a la escuela pero lo demás no ha llegado aún, y si cada uno trae lo que pueda, lo haremos, otra vez por los niños.
Soy empática, me pongo en los ajustados zapatos de los docentes que se ven en la obligación de pedir tal o mas cual cosa para que las condiciones en las aulas y el proceso de enseñanza aprendizaje fluya de manera óptima No dudo de sus buenas intenciones y de cuánto afecta a su desempeño profesional, las carestías que enfrentan a diario y ponen a prueba su creatividad y talento.
Tampoco desdeño cuánto impacta la falta de compromiso de muchos padres, la prueba más contundente son las típicas reuniones donde cuesta encontrar quien represente en la escuela a la familia. Todos se preocupan por sus hijos pero no quieren un compromiso mayor que el de su descendencia, algunos tienen muchas responsabilidades, otros saben que los que hoy dicen “yo hago lo que sea, pero no me pongan”, mañana se echarán para atrás, y algunos no quieren ser perseguidores de los que incumplen compromisos que asumieron convocados por la costumbre de la unanimidad y de los que luego huyen.
Se habla continuamente de la necesaria vinculación entre la comunidad y los centros docentes, de la obligatoria participación y responsabilidad de las familias con la formación de sus niños, pues la escuela solo es un agente en este proceso en el que los verdaderos encargados están en casa.
Pero esa perpetua “caridad” de la que se sostienen muchas cuestiones en las escuelas, es agotadora y evidencia cuán necesitada de inversiones y recursos se encuentran dichas instalaciones. Además hay que deslindar obligaciones estatales y familiares.
Mucho se ha dicho de que los profes no deben pedir, ni recoger dinero para cosa alguna, sé de cerca de alguien que hace casi dos años se fue con los fondos de 100 pesos per cápita, que acumulaban los muchachos de una secundaria para la fiesta de graduación. Tristemente esa fue la última enseñanza de la teacher. No obstante confío que este no sea un denominador común y solo quisiera que semejante rol de menesteroso no fuera habitual entre los maestros. Porque una cosa es lo que por voluntad se genere desde las preocupaciones paternas y otra que las condiciones elementales para la estancia en un centro sean precarias y comprometan a la familia en papeles que para nada le competen.


Que canten los niños o qué cantan los niños


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¡Mira que han hablado mal del reggaetón! ¡Hay que ver lo que se ha dicho de la vulgaridad y violencia en la música de los últimos años! El impacto de esta en los niños preocupa a muchos padres, otros sonríen ante la niñita que “perrea” al ritmo de Los Desiguales o cualquier intérprete de moda, cada uno más efímero que el anterior o con mayor precio de entrada a sus conciertos.
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Es muy difícil controlar el consumo en los infantes, y pese a que los Minieinstein o algunas producciones de Disney, acercan la música de clásicos como Mozart y Beethoven a los parvulitos, siempre habrá un equipo de radio cercano o un vecino púber que los familiarice con los problemas del transporte aéreo, para que luego el padre, cultor del buen gusto estético, escuche a su descendencia tararear “se te fue el avión”, y se le queden los ojos como pescado frito.
Pero el riesgo ante las influencias de la agresiva música bailable para adultos que hoy se produce, no es el único al que deberían temer aquellos dedicados al vitalicio encargo de la paternidad. Si no lo cree recuerde su infancia. El sexismo y la violencia son frecuentes en las composiciones que por décadas se le han cantado a los querubines de casa (a veces endiablados pilluelos), sin que nadie parezca reparar en su contenido.
Ahora podrán tararear conmigo aquello de “la manito la tengo quemada, ya no tengo deditos ni nada… ¡Horror! ¿A quién se le ocurrió escribir eso a un niño y cómo es que se ha perpetuado la costumbre de seguirla cantando en pro del desarrollo motoro de los bebés?
Luego está aquella que muchos aprendieron en pianitos de juguete, “la mujer de Pepe se orinó en la cama y Pepe le dijo cochina marrana”. O sea, a esos con enuresis primaria, a los que no han logrado el control de esfínter, nada de psicólogos o nefrólogos sino recuerden que son unos cerdos y punto.
Y las palmitas de manteca pa´ mamá que le da la teta y papá que le da peseta deja claras las obligaciones de cada uno en casa. Más evidente en la tonadita que reza: lunes antes de almorzar una niña fue a jugar, ella no podía jugar porque tenía que fregar…y así hasta la semana siguiente y toda la vida… vaya, como para querer ser niño, que a fin de cuentas podía, como papá ser marinero “y en cada puerto tener una aventura de amor…”, pues definitivamente la promiscuidad está autorizada para ellos y tienen libre albedrío.
Según la lógica de quien haya escrito esto, a una niña le tocaría quedarse en casa aprendiendo las labores domésticas para que alguien como Arroz Con Leche la escogiera, porque sépase que a pesar de no ser viuda ni vivir en la capital, ella sí sabía coser, bordar y poner la aguja en su canevá.
No caben dudas que la educación en los atávicos roles de géneros impuestos por siglos encuentran un canal para perpetuarse a través de tales creaciones. Lo peor es que seguimos haciendo a nuestros hijos repetir los versitos y la conducta que promueven.
¿Y qué piensan acerca del mejor inductor del terror nocturno, que amenaza con la llegada del Cuco a quienes se mantengan despiertos? ¿Cuántos se habrán quedado apretando los ojos con los corazoncitos a galope ante la posibilidad de que apareciera el oscuro señor?
Vean ustedes, la educación es una tarea difícil y el folclore no la facilita con semejantes canciones. Eso no quiere decir que en las añejas piezas de música infantil esté todo errado, en la mayoría se combinan delicadas o divertidas melodías con letras llenas de ternura, didácticas moralejas o hilarantes historias.
Allí deberían buscar también los que pretendan escribir temas para los pequeños, con la certeza de que no son tontos que se conforman con el facilismo de unir palabras que rimen y punto. El reto será siempre nutrir la fantasía e intelecto del joven público. href=”https://elskramujo.files.wordpress.com/2014/08/nican.jpg”&gt;nican


El charco misterioso


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La culpa es algo que se carga y no es equipaje ligero. A veces, para demostrar que se es honesto uno debe asumirla. En ocasiones nos la echamos encima para proteger a alguien querido. Pero los niños, cuando aún desconocen a la hipocresía y el sacrificio suelen hacer malabares increíbles para deshacerse de ella. La tarde de esta historia no había llovido, ningún vecino había lanzado agua desde las alturas. Nadie había regado las plantas. No entendía entonces cómo se había formado aquel charco en el balcón. En casa solo estábamos Lucía y yo, así es que después de deducir el origen del charco misterioso le pregunté: ¿Fuiste tú quien se orinó aquí? Ella solo miraba hacia los lados con sus grandes ojos redondos de niña recién despertada. Entonces cambié el tono: ¿No sabes quién fue? En aquel momento la pícara encontró su escapatoria y dejó caer la culpa sobre alguien a quien me sería posible reprender.

images (1) Fue un monstruo. ¿Qué madre podría enfrentarse a semejante “orinador” de balcones? , pensé mientras buscaba la colcha y el trapeador. Cierto es que muchos padres pierden la paciencia cuando el “pipi”, los sorprende en las mañanas. Otros, o los mismos, se molestan mucho porque los niños se entretienen tanto en los juegos que no quieren ir al baño hasta que la urgencia es mucha y terminan por orinarse encima o te hablan del “pipi volador”, ese que está tan apurado que no aguanta hasta llegar al orinalito. Pero en estos casos, quién es responsable, a quién se puede culpar si hasta la abuela cuenta que cuando papito era pequeño decía que el cosquilleo en las madrugadas de un elefante de trompa amarilla, le hacía mojar su camita. Hay que aceptar la teoría de los monstruos orinadores. Al menos yo lo haré. Hasta que mi hija conozca el pesado fardo de la culpa intentaré vigilar a cualquier criatura extraña que se acerque al balcón y entrenaré al “pipi” para que no vuele.


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