El orgullo de hacerse un afro


Tenía tres años pero aún lo recuerdo. Quería tenerlo como Ana Gabriel, aunque ahora me avergüence de semejante comparación. Ya que conocía sus canciones de cabo a rabo, era lo más lógico. Lo movía a un lado y al otro pero nada. Solo mojado era domeñable, pero cuando el viento hacía lo suyo “mamá África” regresaba.
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Con el tiempo y ante la imposibilidad de peinarlo como quería, comencé a culpar a mi papá, o mi tatarabuelo, quien a decir de una tía soñadora, después de llegar de Europa se casó con una mulata.
No pudieron “peine caliente y potasa”, como recomienda el trovador Fernando Bécquer, ni plancha, ni torniquete, ni la raqueta de mi mamá.
Con el tiempo debí resignarme, aunque a veces tenía recaídas y buscaba una peluquera ducha en la materia para que volviera a intentar aquello que no hizo la naturaleza. Un día comencé a considerar la posibilidad de que, en el fondo, la idea fija de alisarme el pelo era un modo de no aceptación a mi mestizaje, una falta de asunción de la negritud innegable heredada de los Prego.
Entonces me sentí racista y decidí que llevaría el pelo rizo, no por resignación sino por principios, a fin de cuentas lo había dicho el poeta, “el que no tiene de congo tiene de carabalí”, y quizás yo hasta tenía de los dos.
Comencé a ver distinto a quienes se hacían drelos o afros, me parecía de una valentía y orgullo admirables. Consideraba indigno que una negra o mulata se pusiera trenzas sintéticas o implantes, casi siempre tan obvios, queriendo, a mi juicio parecer blancos. Me molestaba ese intento fallido de despigmentación. Pero erraba, y lo he puesto sin H.
Resulta que alguna vez Hanna Montana, también conocida como Miley Cyrius, se puso extensiones y nadie le criticó que su entonces largo cabello, fuera de mentiras. Y pensar en cuán vilipendiadas fueron las que cosieron a su pelo original lacias melenas, inconformes con la hirsuta propia.
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Considerar que se es más o menos negro por cómo te acomodes el pelo, o si escuchas cierta clase de música, vives o hablas de un modo, o sabes bailar rumba, cosa que ignoro por completo, es una posición absurda y una valoración epidérmica de la realidad, puesto que cada individuo es uno en sí mismo, y asume la racialidad según su mundo interior.
Las personas son, obviamente, mucho más que su piel. Lo que hacen, cómo lo hacen y el efecto que esto tiene en los demás es más importante que cualquier otra cuestión referente a su apariencia física.
Una amiga me comentaba que en Cuba el racismo es una costra. La verdad hasta que conversé con ella sobre el tema mi percepción era aún limitada. Mi amiga alegaba lo difícil de salir a flote en una sociedad donde, pese a los cambios hacia su interior, prevalecen barreras en la subjetividad que hacen emitir juicios precipitados y a veces inconscientes, hacia las personas de tez negra o mestiza. De ahí el empeño que muchas de ellas ponen en reafirmarse, mostrar su destreza en lo profesional, su capacidad de equipararse a cualquier blanco en la ropa, los modales, las notas o el coeficiente intelectual.
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Debe ser complicado vivir en una eterna competencia, invertir tiempo de vida tratando de demostrar una superioridad o capacidad para algo, solo porque alguien pensará que eres menos si eres negro. Si ese alguien te juzga desde tu entrada a un recinto por tu piel, estarás signado por la constante necesidad de demostrar que “sí, somos iguales”, o “yo también puedo….”, estarás en una posición de desventaja y por supuesto querrás que tu piel no se interponga en la obtención de tus metas.
Nunca reparé en lo que realmente les hace el racismo a las personas en nuestro país porque no lo había sentido en mi piel, blanca según mi carné de identidad. Estaba, como tantos, acomodada en el supuesto de que el hombre nuevo está por encima de miseria semejante. Pero no se puede ser tan ingenuo. Ahí están los chistes denigrantes, el triste piropo ante una mulata voluptuosa: “qué clase de blanca se perdió”, el asunto de que si no es a la entrada es a la salida, la constante culpa de cualquier delito sobre el hombro negro. Todas estas evidencias tan recurrentes me molestan en lo más profundo de mi ADN.
El racismo es un lastre, más de 50 años de Revolución no bastan para cambiar la conciencia social, su entramado y dinámica. La subvaloración y los prejuicios caminan a nuestro lado día a día, a veces hasta somos sus portadores. Tendremos que revisarnos, para cuando nuestros hijos nos traigan a casa una novia mulata dejemos de pensar en lo difícil de hacer trencitas a nuestros nietos.

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