La lista


mama

Comenzaba septiembre y con el mi odisea. Más difícil que llegar a Itaca resultaba acopiar todos los artículos que la enseñanza prescolar exige a los padres de los parvulitos. La escuela de hoy se diferencia mucho de la de mis recuerdos donde escaseaba la plastilina, no teníamos acuarelas para todos y la libreta era la mitad de un cuaderno, confeccionado con papel de dudosa calidad; tampoco habían televisores en las aulas ni conocía de loncheras: para el pan tostado y el refresco bastaba una jabita tejida o el lujo de aquella de plástico aún en venta en las redes de comercio en pesos cubanísimos también denominados cup. art
Pero mi generación nada tiene que ver con esta. No puede negarse el desarrollo, tampoco el vergonzante subdesarrollo al que nos enfrentamos aun cuando se afirma: todo está preparado para comenzar el curso.
Este septiembre yo no lo estaba, la lista de cosas que debía llevar iba desde un delantal pasando por toallita, servilleta, mantel, pelota de trapo, pompón, bastón, papel, file, entre otros útiles y aditamentos que debíamos confeccionar los padres de los principiantes.

Mucho cuesta a mamá ponerse en plan art attack y confeccionar marcadores, figuras geométricas ¿esquema mudo?, cartón de apoyo y los textiles antes mencionados. Una naciente y creativa industria artesanal, por contradictorio que suene, viene a salvar a las que no fueron dotadas con habilidad para las manualidades, y de la cola de las mochilas sale la madre preocupadísima a luchar su lista porque “su hijo no va a ser menos que nadie”.
No recuerdo que mi madre tuviera tales conflictos en mi paso por la enseñanza primaria y aunque ahora el cambio climático es muy evidente, ni en los tórridos fines de curso se habló de “poninas” para un ventilador. Pero los niños padecen y qué no darían sus padres por garantizarles el confort, entonces vuelve la recaudación, ahora también por una lámpara, y ya que estamos aquí por un poco de pintura, que el aula está muy feíta, ¿y la palangana con su respectivo palanganero? No queremos que se enfermen los pequeños. Sé de quien tuvo que llevar hasta una silla.
Luego vienen los imperativos del contexto y hacen falta 12 cubos de arena, y unos metros de acero, porque de las instancias superiores asignaron cemento a la escuela pero lo demás no ha llegado aún, y si cada uno trae lo que pueda, lo haremos, otra vez por los niños.
Soy empática, me pongo en los ajustados zapatos de los docentes que se ven en la obligación de pedir tal o mas cual cosa para que las condiciones en las aulas y el proceso de enseñanza aprendizaje fluya de manera óptima No dudo de sus buenas intenciones y de cuánto afecta a su desempeño profesional, las carestías que enfrentan a diario y ponen a prueba su creatividad y talento.
Tampoco desdeño cuánto impacta la falta de compromiso de muchos padres, la prueba más contundente son las típicas reuniones donde cuesta encontrar quien represente en la escuela a la familia. Todos se preocupan por sus hijos pero no quieren un compromiso mayor que el de su descendencia, algunos tienen muchas responsabilidades, otros saben que los que hoy dicen “yo hago lo que sea, pero no me pongan”, mañana se echarán para atrás, y algunos no quieren ser perseguidores de los que incumplen compromisos que asumieron convocados por la costumbre de la unanimidad y de los que luego huyen.
Se habla continuamente de la necesaria vinculación entre la comunidad y los centros docentes, de la obligatoria participación y responsabilidad de las familias con la formación de sus niños, pues la escuela solo es un agente en este proceso en el que los verdaderos encargados están en casa.
Pero esa perpetua “caridad” de la que se sostienen muchas cuestiones en las escuelas, es agotadora y evidencia cuán necesitada de inversiones y recursos se encuentran dichas instalaciones. Además hay que deslindar obligaciones estatales y familiares.
Mucho se ha dicho de que los profes no deben pedir, ni recoger dinero para cosa alguna, sé de cerca de alguien que hace casi dos años se fue con los fondos de 100 pesos per cápita, que acumulaban los muchachos de una secundaria para la fiesta de graduación. Tristemente esa fue la última enseñanza de la teacher. No obstante confío que este no sea un denominador común y solo quisiera que semejante rol de menesteroso no fuera habitual entre los maestros. Porque una cosa es lo que por voluntad se genere desde las preocupaciones paternas y otra que las condiciones elementales para la estancia en un centro sean precarias y comprometan a la familia en papeles que para nada le competen.

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