Archivo mensual: abril 2015

No nos entendemos


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Tú y yo tenemos un conflicto que puede ilustrarse con una frase histórica, no lo sabes pero nosotras “no nos entendemos” y mira que me esfuerzo. Debe ser porque desde que llegaste peleas porque hay cola (eso sí me resulta comprensible), pero tus modales no son buen ejmplo para los infantes que están a tu alrededor.
Aguardas afuera hace rato y tu hijo de cinco años tiene sed. Probablemente debiste haber sacado junto con él un pomo de agua. Luego te asombra el aumento de precio de 20 centavos por niños a un peso por adulto y 50 centavos por menores. A mí también, pero no me escandalizo, supongo que se debe a que ahora hay cosas que antes no, habrá que verlas.

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Tú, ya no muy feliz entras al recién inaugurado parque infantil y le das un sermón al chico: “no corras que te rayas los zapatos, no te lances por la canal porque te ensucias la ropa y quédate tranquilo que no voy a andar corriendo detrás de ti por todo este lugar”.
No te entiendo aunque me pongo en tu lugar cuando dices que no hay opción y los niños necesitan tenerla, que siempre pasa igual: restauran los parques y a los pocos meses es historia, no por grandes hitos ocurridos en él, sino porque a causa de la destrucción imperante pareciera que en sus terrenos se han librado batallas campales.
Apenas hace unas semanas que han reabierto este donde tú misma corriste en tu infancia y a la ciudad le ha nacido con él un intento de zoológico que los pequeños reciben con ingenuo alborozo. Tú aún te quejas y te parecen pálidos los colores de las aves y mustias las jutías.
Yo sigo sin comprenderte porque replicas a consecuencia de los animales quietos, los precios de los dulces y los peces o lo simple de los aparatos, los mismos de tu niñez con pintura, grasa y reparados para recibir hoy a tu hijo y los de otros.
Alevosa tiras latas con un brazo que clasificaría en un torneo de beisbol, todo para avivar a los cocodrilos a ver si se mueven o son de piedra, porque los bichos según tú “lo que tienen es unas ganas de morirse”, ya que ni abren los ojos. Olvidas que no son perros para mover la cola y correr a tu encuentro y si lo hicieran no sería para lamerte, o al menos no solamente…
Pero insistes y quieres que la iguana se rostice al sol por el placer de verla y arrojas pan a los peces de la fuente, pellis, papeles de mentaplus, palitos de paleta, ramas, hojas, insultos, envolturas, todo ello mientras das la espalda a tu hijo que casi cae de cabeza en el ya sucio estanque de donde ayer mismo intentaron llevarse a las jicoteas, vaya usted a saber si por religión, apetito o necesidad de compañía. Viendo esto pienso en el destino de las palomas blancas o las gordas colas de las iguanas.
Tú ni te inmutas y corres a mecerte en un columpio, a tu espalda un cartel advierte la prohibición de usar este juego a mayores de 12 años. Miras con impavidez absoluta un enjambre de uniformes azules mecerse en otros aparatos concebidos también para niños, de seguro en su infancia faltaron sitios como el que ahora es depredado por personas de todas las edades que en indolente estampida acude como para nunca volver.
En tres meses vas a regresar y comentarás: “mira que la gente es… ya desbarataron el parque”, y yo seguiré sin entender, pero tú tampoco lo haces, porque “la gente” es uno mismo, ya lo veríamos si a cada paso tuviéramos un espejo que reflejara nuestras acciones, de este modo podríamos juzgarnos como hacemos con los otros.
Tal vez cuando lanzaste la basura al estanque pensaste que vendría otro a limpiarlo a quien de seguro le pagarían por esto, no te pareció que una lata fuera a dañar la irregular dentadura de los cocodrilos, ni que tu peso rompería las gruesas cadenas del columpio. Quizás eso mismo pensaron todos los demás que pasaron por allí antes y después de ti, por eso en un breve tiempo los niños volverán a quedarse sin opciones y tus bolsillos volverán a sentirse ligeros tras dos vueltas en los triciclos alquilados o 10 minutos de saltos en un juego donde los inflables parecen los niños, enfrentados en cada brinco a la gravedad terrestre.
Ahora miras a los lados y comentas tu descontento y lo insatisfechas que han quedado tus expectativas. No estamos nunca conformes y no deberíamos estarlo, deberíamos siempre querer algo mejor, pero también necesitamos reconocer el trabajo ajeno, agradecer lo bello y lo útil que hacen otros y recordar eso que los abuelos suelen decir de que el que tiene es el que cuida, tal vez por no recordar eso hemos perdido mucho, incluso la capacidad de cuidar aquello que es de todos.

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