Archivo mensual: septiembre 2014

Y volver, volver, volver…


He vivido en muchos sitios, he sido lo que Dora Alonso llama una trotamundos. Claro, no en el sentido cosmopolita sino en el clásico donde la niña arrastra sus tarecos de casa en casa cada vez que sus padres se mudan, pero en un tono menos melodramático.
La cosa es que fui a varias escuelas primarias y tuve varias casas, prestadas, compartidas, fui agregada antes de andar y después de haber andado mucho. Quizás eso explique mi desapego a cualquier lugar y mi capacidad para adaptarme donde llego. Pero hace poco tuve algo así como un retorno a la raíz o un viaje a la semilla.
Volví por trabajo al pueblito viejo en que viví buena aparte de mi infancia. Se trata de un lugar macondiano y mustio, pequeño e insondable en sus maravillas de trocito de tierra que besa el mar en cada esquina. Ya otras veces había vuelto, primero con la inocencia infantil que nota poco las carestías de los amigos, luego con la etérea burbuja de la pubertad que no atiende a otros rollos que no sea el nudo eterno en el estómago ante unos ojos o labios demasiado tentadores.
Pero un día, entre huracán y huracán, regresé, ya adulta y noté que nada se parecía: mis amigos, la mayoría decepcionados o migrantes, hablaban de aquel sitio con pesar, a veces con desdén, otras resignados. Yo no entendía cómo 15 años habían trocado mi sitio favorito, donde aprendí a leer y a cazar cangrejos, donde perdí los dientes de leche y gané los torcidos que me acompañan hasta hoy. Pregunté a un joven, ¿qué ha pasado? Fue muy sabio y contestó: El tiempo.
La verdad es que no nací allí. Me bastaron siete años y apenas recuerdo tres de ellos, pero Antilla me dolió en sus casas derruidas, su puerto oxidado y carcomido por el salitre, tanta tristeza en las expresiones de mis conocidos que no imaginaban lo que el futuro podría traer.
Recientemente he tenido noticias alentadoras que me hacen avizorar buenas nuevas. El regreso del tren en un camino de estreno, los proyectos constructivos que comienzan a concretarse como augurio de un florecimiento.
En mi última visita le vi un nuevo rostro, comercios restaurados, sitios viejos rescatados de la desidia y el tiempo, escuelas pulcras y listas para las ganas nuevas de asir el saber, consultorios que pasaron de ser ruinas a resplandecientes centros de salud y a lo lejos, cambiada, imposible de unir a mi recuerdo de hace 20 años, mi maestra de primer grado, la del nombre de flor, la que me enseñó a leer y me acercó a los números que siempre me fueron tan esquivos. Ella me reconoció y yo sentí la deuda insaldable que nos une a quien nos educa.
Miré en derredor y allí estaba el pueblito que nació en 1925, el que vivió décadas de esplendor y recibió en su puerto al mundo, el mismo que ha pasado tiempos de holgura y de penurias y que ahora parece expectante frente a las perspectivas de prosperidad que se vislumbran.


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