untEl aire toma forma de tornado/ y en el van amarrados/ la muerte y el amor. / Una columna oscura se levanta/ y los niños se arrancan/ los juegos de un tirón. Emilio González camina despacio, pareciera no mirar nada en específico pero ve las intenciones en las voces de la gente, sabe de alcoholes y la tristeza de una hija muerta, sabe de nietos malditos pero necesarios, conoce la tierra, pues la ha trabajado, casi desde niño, en San Antonio de los Baños, donde ha vivido siempre. Emilio levanta el peso de sus ocho décadas con esfuerzo, sonríe y cuenta las mismas historias una y otra vez. Ahora le narra a su sobrino nieto, que todo indaga, cómo fue para él ese día. Amanecía, en casa se preparaban para las cotidianas faenas. Primero fue el estruendo, todo se estremeció. Por entonces, desde la entrada de la finca podía verse la pista de la base aérea de San Antonio, la misma que en su juventud, allá por 1945, ayudó a edificar. En seguida vio dos enormes bolas de fuego moviéndose velozmente. Al principio no entendió lo que sucedía, los aviones pasaban casi a ras del suelo. Luego lo supo, los norteamericanos estaban atacando. Después vino la respuesta de los cubanos. Todavía en una pared de la finca vecina, un agujero de bala atestigua lo sucedido. Más tarde, frente a sus tierras se apostarían los soldados cubanos, prestos a defender la Revolución y su triunfo recién estrenado. Era abril de 1961, la epopeya de Girón comenzaba. Yo no tuve un tío abuelo que me contara de eso días. Algún libro de texto, la Elegía de los zapaticos blancos, un poema de Fernández Retamar, la historia del joven Eduardo y su último acto de compromiso con lo que se gestaba, me mostraron detalles de esos tres días que “estremecieron la Isla.” Las canciones, que de tanto oírlas pierden su valor semántico, hablaban también de lucha, de dolorosas muertes, de una Patria a la que había que defender. Contaban de un Girón memorable. A veces hay que detenerse a sentir las palabras, sopesarlas y regresarlas a su original contexto. De vuelta a las canciones de la Nueva Trova, aguzados los sentidos, se me dibuja aquel abril. Estremece. Lo sucedido en Cuba, el arrojo de quienes se enfrentaron a los mercenarios, la tragedia de las familias victimizadas, el dolor, la victoria del pueblo sobre el imperialismo, no pueden darse por sentados. Recordemos hoy, no como quien graba fechas para un examen, sino con nuestra memoria emotiva. Pensemos qué habríamos hecho. Seamos protagonistas de la historia, puestos en el lugar de los que, tan humanos como nosotros, enfrentaron a la muerte y la vencieron o no, por sus creencias. Volvamos entonces a la canción y creamos en aquello que Sara y Silvio predijeron: la perpetuidad del “alma de los hombres que no van a morir”, aquellos que nos dieron “nuestra primera victoria.”

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