El síndrome del portero


El "no" a flor de labios

¡Alerta epidemiológica! La enfermedad que a continuación se describe no fue acuñada por mí. El término se lo escuché a un amigo y lo tomé prestado. Hago de este mi propia interpretación y lo adapto a mi medio para ofrecérsela a ustedes. Se trata de un padecimiento muy frecuente en nuestra sociedad: el síndrome del portero.
Debo aclarar que no existe predisposición genética para él, aunque parece ser muy contagioso. No distingue edad, género o posición, porque incluso aquellos más abajo en la pirámide social lo padecen. Ahora seguro usted estará alarmado. “¿Será que lo sufro?”, pensará. Es probable, casi nadie escapa de este enemigo de la empatía.
La analogía es bastante eficaz pues se trata de describir a alguien que se encuentra en posición de abrir y cerrar posibilidades, soluciones, inquietudes, necesidades. El síndrome del portero se evidencia cuando alguien está en una colocación que puede ser decisiva para usted y solo por demostrar su autoridad, le impide que cumpla su propósito, valiéndose del poder a su alcance. La persona que lo padece puede determinar o no que otro llegue, obtenga o realice algo que desea.
La dolencia no deja marcas más allá del recuerdo desagradable o un mal rato en las víctimas, es justo aclarar que estas no son los enfermos sino quienes se crucen con ellos en período de crisis, o sea cuando los porteros “están al bate”.
Pongamos ejemplos de casos reconocidos que han sido infectados con la enfermedad en cuestión : la fuente que se vale de ardides burocráticos para negar la información al periodista; el funcionario que ante un trámite simple se apunta en “la comisión de obstáculos” y pone trabas antes que soluciones; el chofer de “aquí no sube más nadie que me van a romper las gomas”, aunque el pronombre posesivo no pegue con la vieja chapa azul; el bodeguero que pone mala cara cuando le reclamas; la dependiente de “no hay”, aunque el almacén se abarrote del producto que pidió el cliente; la recepcionista que desatiende al médico en una empresa X y luego espera que este le atienda en un hospital Y, con sonrisa y trato afable; el que vende carne en la feria y te da el “gordo” porque puede, si no quieres, no compres, y tantos y tantos casos de personas que se mueven a partir de los códigos de las relaciones de poder. Esas en las que el empoderado apabulla con indolencia pasmosa al de abajo.
Conste que no hablo necesariamente de un jefe y su subordinado sino de cualquiera de nosotros en una situación cotidiana. Hasta en casa, con nuestros cónyuges o hijos el susodicho síndrome se aparece. Si lo duda analícese y trate de recordar si no ha estado usted contagiado. Porque el síndrome del que les hablo puede ser muy hábil en eso de colarse en nuestras acciones. A veces de tanto ver sus síntomas en otros, los asumimos como algo natural y no nos preocupa contagiarnos y afectar a los demás solo por el deseo de decir no, una negación gratuita y sin argumentos que la sustenten, alejada de la asertividad o la razón.
No está bien disfrutar de una posición como titiritero o jugar a ser Todopoderoso, porque los cargos no son vitalicios, a veces dejamos los uniformes en la lavandería y andamos en ropa de civil, a las cinco se sale de la oficina y hay que apretujarse en la guagua con alguien que puede decir sí, deme su bolso para llevarlo, o venga, tome este asiento, o claro que puede venir mañana, o mejor, espere que enseguida lo atenderán.
Todos queremos que nos abran las puertas, que no se nos planten barreras en nuestras gestiones cotidianas solo porque a alguien con mala voluntad no le gusta su trabajo, está cansado o molesto o tiene mal carácter.

Ah, y recuerde, una sonrisa puede abrir muchas puertas. Use la suya, regálela a los demás y piense que hoy pude estar detrás de su puerta pero mañana quizás esté frente a la mía.

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