Archivo mensual: noviembre 2013

El síndrome del portero


El "no" a flor de labios

¡Alerta epidemiológica! La enfermedad que a continuación se describe no fue acuñada por mí. El término se lo escuché a un amigo y lo tomé prestado. Hago de este mi propia interpretación y lo adapto a mi medio para ofrecérsela a ustedes. Se trata de un padecimiento muy frecuente en nuestra sociedad: el síndrome del portero.
Debo aclarar que no existe predisposición genética para él, aunque parece ser muy contagioso. No distingue edad, género o posición, porque incluso aquellos más abajo en la pirámide social lo padecen. Ahora seguro usted estará alarmado. “¿Será que lo sufro?”, pensará. Es probable, casi nadie escapa de este enemigo de la empatía.
La analogía es bastante eficaz pues se trata de describir a alguien que se encuentra en posición de abrir y cerrar posibilidades, soluciones, inquietudes, necesidades. El síndrome del portero se evidencia cuando alguien está en una colocación que puede ser decisiva para usted y solo por demostrar su autoridad, le impide que cumpla su propósito, valiéndose del poder a su alcance. La persona que lo padece puede determinar o no que otro llegue, obtenga o realice algo que desea.
La dolencia no deja marcas más allá del recuerdo desagradable o un mal rato en las víctimas, es justo aclarar que estas no son los enfermos sino quienes se crucen con ellos en período de crisis, o sea cuando los porteros “están al bate”.
Pongamos ejemplos de casos reconocidos que han sido infectados con la enfermedad en cuestión : la fuente que se vale de ardides burocráticos para negar la información al periodista; el funcionario que ante un trámite simple se apunta en “la comisión de obstáculos” y pone trabas antes que soluciones; el chofer de “aquí no sube más nadie que me van a romper las gomas”, aunque el pronombre posesivo no pegue con la vieja chapa azul; el bodeguero que pone mala cara cuando le reclamas; la dependiente de “no hay”, aunque el almacén se abarrote del producto que pidió el cliente; la recepcionista que desatiende al médico en una empresa X y luego espera que este le atienda en un hospital Y, con sonrisa y trato afable; el que vende carne en la feria y te da el “gordo” porque puede, si no quieres, no compres, y tantos y tantos casos de personas que se mueven a partir de los códigos de las relaciones de poder. Esas en las que el empoderado apabulla con indolencia pasmosa al de abajo.
Conste que no hablo necesariamente de un jefe y su subordinado sino de cualquiera de nosotros en una situación cotidiana. Hasta en casa, con nuestros cónyuges o hijos el susodicho síndrome se aparece. Si lo duda analícese y trate de recordar si no ha estado usted contagiado. Porque el síndrome del que les hablo puede ser muy hábil en eso de colarse en nuestras acciones. A veces de tanto ver sus síntomas en otros, los asumimos como algo natural y no nos preocupa contagiarnos y afectar a los demás solo por el deseo de decir no, una negación gratuita y sin argumentos que la sustenten, alejada de la asertividad o la razón.
No está bien disfrutar de una posición como titiritero o jugar a ser Todopoderoso, porque los cargos no son vitalicios, a veces dejamos los uniformes en la lavandería y andamos en ropa de civil, a las cinco se sale de la oficina y hay que apretujarse en la guagua con alguien que puede decir sí, deme su bolso para llevarlo, o venga, tome este asiento, o claro que puede venir mañana, o mejor, espere que enseguida lo atenderán.
Todos queremos que nos abran las puertas, que no se nos planten barreras en nuestras gestiones cotidianas solo porque a alguien con mala voluntad no le gusta su trabajo, está cansado o molesto o tiene mal carácter.

Ah, y recuerde, una sonrisa puede abrir muchas puertas. Use la suya, regálela a los demás y piense que hoy pude estar detrás de su puerta pero mañana quizás esté frente a la mía.

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De niños, padres, pelotas y flores


Historia Primera

Calle sin acera ni asfalto, barrio de casas remendadas u ostentosas, todas mezcladas. Unos pequeños se lanzan la vieja pelota de trapo, dos metros después otros, no tan chicos, con bases de piedras y trozos de ladrillo, juegan un poco más en serio, aunque sin bate, justo en el espacio diseñado para que circulen los carros, ciclos, y también transeúntes, (recuerden la ausencia de aceras antes referida).

Camino despacio, al compás que marcan las piernas corticas de Lucía, de dos años, cuya velocidad debe ser como de dos metros por minuto. La imagen que veo: muchachos jugando en el medio, riesgo de pelotazo. La imagen que ven ellos: mujer “atravesá”, habrá que parar el juego.
Un rato más tarde, de regreso por el mismo sitio y con los mismos peloteros “amateurs”, hago detener el partido. De mala gana hacen pausa. Camino a la misma velocidad que un rato antes, entonces uno se queja, como quien no quiere las cosas: “Diez años después”, refiriéndose al tiempo metafórico, digamos, que debería transcurrir para que yo terminara de atravesar su improvisado estadio. Su comentario me llenó de ira, pues a su parecer la que yerra soy yo, por ir despacio y no ellos por jugar donde no deben. Mientras tanto y a su alrededor, varios adultos conversan, caminan, están. Probablemente alguno es padre o familiar cercano de los jugadores, pero a nadie parece importarle que muestren sus habilidades deportivas en medio de la vía.

Tomada de internet

Tomada de internet 

 

Entonces me pregunto: ¿qué hacen los adultos testigos de las indisciplinas de los muchachos? ¿Cuando un carro choca a alguno, la culpa es necesariamente del conductor, del niño, o de ese padre que sabe dónde está y no impide que se exponga al peligro que el sitio escogido para entretener-se sea la calle? También la percepción del riesgo se educa.
Historia Segunda
Los muchachos caminaban por la acera, semiuniformados (léase con pantalones de uniforme y pulóver, o saya y camiseta). Probablemente iban hacia algún entrenamiento deportivo. Unos que andaban rezagados brincaron la cerca del jardín. Yo los miraba hacer desde la atalaya que mi balcón en segunda planta, representaba.
Las manos se aproximaban a la flor, doblaban el tallo endeble, una, dos, tres veces hasta partirlo, aun corriendo el riesgo que representaban sus espinas. Yo seguía observando, hora a los muchachos, hora al profesor, único adulto entre ellos, pero nada, él ni se dio por enterado. Entonces no pude más y les dije, “oigan, las cosas se piden”, ellos miraron con brevísimo bochorno que desapareció al tiempo que me perdían de vista, gracias a la oportuna esquina siguiente.
¿Cuál piensa el maestro o entrenador que es su función, dónde cree que debe ejercerla? ¿La educación es exclusiva de la escuela o el área deportiva?
Se educa también en la calle, un buen maestro debería enseñar a sus muchachos a pedir las cosas, a no tomar lo que no es suyo, en el aula, el patio de la escuela o el jardín, a 15 cuadras de esta, aunque ya no anden con uniforme y ese adulto les enseñe a rematar, lanzar o encestar, no importa.
Si no lo hacemos desde el principio, mañana no podremos reclamarle que no nos dé el asiento en la guagua, que se cuele en la bodega, que tómelo que no es suyo o que irrespete a cualquier persona. No podremos pedirle que sea un hombre o mujer de bien, no si le enseñamos lo contrario.
Decir que la juventud está perdida puede significar, un poco, que los adultos responsables de su educación también lo estuvieron. Es muy difícil sembrar descortesía y recoger buenos modales y conducta ejemplar.


Descubren en Holguín portal a otra dimensión


agujero-negroHe descubierto un portal a otra dimensión. La hallé en la puerta de un camión de esos que dicen “porteador privado” y que cobran un peso lo mismo por recorrer tres cuadras que tres kilómetros.
Quizás ustedes no me lo creerán pero baso mis afirmaciones en evidencias concretas. Lo primero: el camión estaba casi vacío y sabrán que esto es realmente extraño tratándose de estos vehículos, después una mujer arrancaba furiosamente los trozos a una almohadilla sanitaria, regando las pelusas por todas partes, con los pedazos obtenidos improvisaba curitas para poner en su talón, probablemente llevaba zapatos nuevos, he ahí los resultados de la Feria de Iberoarte.
A un costado cierto muchacho con aspecto de pepillo rural hurgaba en un maletín, sacó un cepillo y comenzó a lustrar sus zapatos como si estuviera en la sala de su casa o en algún lugar que le resultara familiar, y esto tampoco es algo usual, ¿o sí?
A mi otro lado una estudiante de Medicina buceaba en un libraco y pensé , si a pesar de los frenazos bruscos y los baches logra aprenderse algo todavía hay esperanzas para cuando me toque enfermarme.
Todo era muy raro. Cuando volví a atravesar el agujero de gusano, o sea, la puerta del camión, el día gris se había vuelto repentina y caprichosamente soleado y una mano se extendía para ayudarme a bajar.
Continué mi camino, quizás los de la otra dimensión también me encontaron extraña.


Señas de amor


Llevan cuatro años casados. Vienen juntos desde pequeños. Trabajan en el mismo centro. Estudian en la misma aula y ella asegura, no sin cierta mirada cómplice, que conoce sus defectos. Él solo sonríe…
Cualquiera podría verlos caminar tomados de las manos por la Facultad de Cultura Física, luego tocarse el hombro, mirase y por fin lo notarían, porque comenzarían a comunicarse en lenguaje de señas. Entonces alguien diría: “míralos, pobrecitos”.
No pocas veces las personas reaccionan así ante alguien con una discapacidad, pero ellos no son candidatos para recibir la lástima de nadie. No la necesitan porque son una pareja de éxito.
Justamente cuando los busco para esta entrevista acaban de llegar de La Habana. Allá recibieron galardones por su presentación en el Tercer Encuentro Nacional Plazas Martianas que auspicia la Sociedad Cultural José Martí. Su propuesta, ganadora en varios encuentros en el territorio, era un material didáctico para la enseñanza de la Educación Física a pequeños con discapacidad auditiva y fue la sensación en la capital, pues vincular esta materia a la obra del Apóstol representaba toda una novedad, a ello se añade la enorme creatividad con que el medio de enseñanza fue concebido.
A los aportes que su investigación suponía se agregó la manera en que lograron comunicarse con los demás participantes en este certamen, quienes quedaron profundamente impresionados por el carisma de los ponentes y lo humano de la idea.
A esta altura se estarán preguntando quiénes son los protagonistas de estas líneas. Se trata de Yanet Pérez Vecino y Oscar Torres Álvarez de 29 y 27 años respectivamente. Él es hipoacúsico, ella es sorda profunda. Ambos eran oyentes al nacer pero enfermaron y a consecuencia de esto y los tratamientos, en algunos casos ototóxicos, perdieron la capacidad de escuchar.
Desde pequeños han estado cerca, aunque Yanet es de Velasco, ha coincidido con Oscar en los centros de enseñanza especial donde han estudiado, hasta que culminaron la secundaria básica en la escuela Le Ti Rien, cuando Yanet comenzó a estudiar para obtener el duodécimo grado y Oscar se hizo técnico medio en Informática, especialidad que cursó sin intérprete en el Centro Politécnico Calixto García Íñiguez.
Sus logros pueden impresionar a muchos, pero no son los únicos, a sus esfuerzos en el plano académico se añaden los resultados en el área deportiva.
Oscar empezó a los 11 años a practicar voleibol e integró el equipo nacional de sordos. Con ellos obtuvo medalla de oro en certámenes nacionales siete veces, también plata y bronce en una ocasión cada una.
Por su parte Yanet comenzó a practicar atletismo a los 11 años y más tarde bádminton. Sus resultados la llevaron a competiciones nacionales e internacionales durante su adolescencia.
A los 15 años comenzó a practicar voleibol, disciplina por la cual participó en un evento panamericano donde obtuvo cuarto lugar y aunque a este escaño no le corresponde medalla alguna, para ella fue un buen puesto y la enorgullece.
Toda la vida profesional de Oscar y su compañera ha transcurrido en el centro de enseñanza La Edad de Oro, donde el primero es profesor de Educación Física y la segunda es instructora de Lengua de Señas. Pero como la práctica de deportes moldeó sus vocaciones respectivas, ambos decidieran estudiar Licenciatura en Cultura Física. En esta decisión influyó también la intención de preparar a niños con necesidades educativas especiales, pues consideran que el deporte es una forma fácil para comunicarse con los pequeños con discapacidad auditiva.
La vida estudiantil de Yanet y Oscar está llena de muestras de solidaridad, así lo ilustra el comportamiento de sus intérpretes, quienes han asistido con ellos a cada encuentro en la Universidad como si fuesen estudiantes y hacen su mayor esfuerzo por ayudarlos a comprender lo que allí se imparte.
También se suma la actitud de los profesores cuyo esmero ha sido notorio, así como el resto de los compañeros de aula que no por ser oyentes han puesto barrera alguna para facilitarles la comprensión y brindarles apoyo.
Una de las más recientes y explícitas experiencias de cooperación la cuentan Yanet y Oscar de los días pasados en La Habana donde el joven docente Carlos Gálvez los acompañó y en aproximadamente tres días se aprendió la exposición de esto muchachos, fungiendo como un perfecto intérprete del lenguaje de señas.
Alguien a quien es preciso agradecer con creces por su constante preocupación es a Rita, la madre de Oscar, cuya permanente preocupación y entrega ha sido fundamental para que su hijo y nuera hayan llegado hasta aquí.
Mientras hablamos trato de mirarles a las caras, luego a la intérprete, hablo despacio, en realidad no sé cómo hacer, pero siento que en lugar de intentar con tanto énfasis que las personas sordas nos entiendan, deberíamos esforzarnos por entenderlos a ellos en su modo particular de comunicarse.
La pareja de cuya historia les cuento en esta página se sigue poniendo metas. Ambos esperan ejercer su profesión en el futuro y como muchas personas de su edad Oscar desea hacer una maestría al terminar la universidad y Yanet piensa en la maternidad. Aunque no cree que existan muchas posibilidades de que sus hijos sean sordos, no tiene miedo a que esto suceda, opina que los querría igual escuchasen o no.
Así continúa el esfuerzo cotidiano de esta joven pareja que desde el silencio nos da una lección de voluntad cotidiana.

Yanet y Oscar junto a Rita y Carlos Gálvez.

Yanet y Oscar junto a Rita y Carlos Gálvez.


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