La ciudad y las trampas del tiempo


Llevaba unos años caminado sus calles pero no fue hasta las clases de Historia del Arte que comencé a verla con otros ojos, los de descubrimientos. Pretiles, cariatides, columnas, techos de portablas que resisten ciclones, corredores solidarios que cobijan en la lluvia, fachadas antiquísimas que se resisten a seder ante el tiempo, plazas añejas donde corrieron nuestros abuelos y desandan nuestros hijos. Iglesias que vieron procesiones sentidas. Lugares donde calló un héroe o se ajustició a un esbirro. En fin, la ciudad y las trampas del tiempo donde se guardan trozos de su historia y la nuestra.
Por eso es dolorosa la imagen de aquel ángel manchado con un grafitti infame o del banco del que solo queda la idea de lo que fue, o las letras robadas al memorial de una madre ilustre por el precio del metal con que se hizo, sin importar lo que el conjunto significa más allá de su valor monetario. Es un panorama triste en verdad si se piensa que hipotecamos nuestra memoria para dejar sin heredad a nuestros sucesores.
Quiero pensar que es ignorancia. Que la mano que aprieta el spray de pintura sobre el cuerpo de mármol de Carrara de aquella escultura hecha en Italia a principios del pasado siglo, por la casa especializada Ugo Luisi y Compañía, pertenece a una persona sin suerte. Alguien que no ha conocido la anécdota de su origen. Esa persona ajena, además de la Historia, al presente que corre en donde el Angelote es símbolo de la ciudad, pues su réplica constituye la más alta distinción de la cultura holguinera.
Hace unos días una entrevistada llegada de la capital me contó un hecho del que fue testigo: un señor requirió cortesmente a otro que permitía a su hijo trepar por la estatua de un insigne holguinero. Mi interlocutora vio esta escena y quedó obnuvilada. Me ha sucedido lo mismo pero ante casos opuestos: total indolencia frente a lo mal hecho, ante el descuido y la desidia.
No puede ser. Alguna fuerza del orden debe tomar las riendas. Las consecuencias ante el irrespeto y los actos bandálicos deben ser tangibles, como para evitar que estos ocurran. Pero todo ello debe nacer de la conciencia y esta solo es hija de la razón y el conocimiento de los orígenes, esos que generan el sentido de pertenecia.
Quisiera que mi hija puede romancear en el parque donde se amaron mis padres mientras sonaba un reloj ancestral. Que los poetas continuaran leyendo novísimos versos custodiados por el alado ser que en 1916 se erigió en honor a la memoria de los mambises fusilados en las contiendas de 1869 a 1898, en el parque Carlos Manuel de Céspedes, también conocido como San José.
Espero que en el futuro también contemplen el Holguín que fue, y conste : no niego el desarrollo, pero es preciso saber de dónde venimos para entender quiénes somos.
La necesidad del cuidado estatal de estos valuartes es una verdad más grande que una montaña, pero no podemos pretender que se realicen constantes gastos porque no seamos capaces de cuidar lo que tenemos.
También es justo reflexionar sobre la carencia de información o disponibilidad que acerca de esta temática existe, a pesar de los libros publicados, las puertas abiertas de par en par en los museos, los máster en Historia y las celebraciones en las efemérides.
Del concimiento ha de venir el amor y el respeto. Urgen mecanismos y estrategias para hacer más potable y accesible la información, que no quede en empolvados archivos o publicaciones que casi nadie lee. Habrá que ser más creativos como se ha pedido tantas veces para acercar a este propósito y sensibilizar el pensamiento de los que destruyen la obra bella que ha costado sacrificio de muchos en el pasado y cuesta en el presente.La localidad y su Historia no pueden ser teque o somnífero del que alguien quiere salir cuando toque el timbre, sino sentimiento que obligue a preservar sus símbolos. La enseñanza o socialización de este tema debe hacerse a través de algo que nos enamore de la ciudad que tenemos para verla con ojos nuevos cada día y reconocer lo que de ella hechiza. La belleza por sí misma debería ser suficiente para movilizar el respeto por nuestro patrimonio.

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