Tambaleándose por la vida


Nunca he entendido por qué, cuál es el encanto que hallan otros. Lo cierto es que prefiero los sabores dulces antes que el amargo y quemante gusto del alcohol. Añadamos a eso mi aversión a los tambaleantes individuos que, pasados de tragos, hacen y deshacen. No obstante respeto las decisiones de cada quien, pero me indigna lo que veo con más frecuencia de la que quisiera.
El alcoholismo es una enfermedad. Dolorosamente pareciera esparcirse en la sociedad, como un veneno que al tomarlo uno provoca efectos negativos en los que le rodean. Lo atestiguan las víctimas de violencia intrafamiliar, los testigos inevitables del escandaloso que, a media madrugada, pide que no lloren por él, los blancos de etílicas ofensas o fueron atropellados por choferes, con demasiados grados de alcohol en sangre como para reaccionar a tiempo, antes de fracturar vertebras, quebrar postes o terminar con la vida de alguien, probablemente sobrio.
Por eso mi indignación llega a niveles estratosféricos al ver estas imágenes: ellos tiene entre 13 y 18 años, al menos uno es mayor de edad. Se fotografían con una botella de ron como trofeo de caza. No es la primera vez que beben, no se esconden para hacerlo, hay adultos alrededor, ninguno les dice nada, mucho menos el dependiente, él ni siquiera preguntó a quien extendía los billetes, su edad, ni qué decir de pedirle su carné para verificarla.
No es mi intención satanizar a los dependientes, no puedo afirmar que todos sean irresponsables ante el expendio de bebidas alcohólicas a menores de edad. Aunque en la mayoría de las instalaciones gastronómicas que expenden bebidas alcohólicas un cartel reza con letras claras la prohibición de tal hecho, ello no implica, necesariamnete su cumplimiento.
Pero bien, la responsabilidad de que nuestros menores beban impunemente no es exclusiva de estos trabajadores. Dónde estaban los padres, cuando en aquella fiesta de quince, en cierta instalación hotelera, con barra abierta, los muchachos se tambaleaban, mareados por el “emocionante experimento” de beber y vomitar sobre zapatos de estreno.
No hay que pretender que nuestros adolescentes sean purísimos, castísimos, casi a punto de canonizar, pero la responsabilidad de los adultos comienza donde acaba el sentido común de los púberes, demasiado inexpertos para tener percepción del riesgo.
El condicionamiento social de que la diversión depende de cuánto se beba, de que la masculinidad se acentúa cuando lo haces, de cuán superior es el o la joven si puede llevar “un rifle” a una fiesta, propicia la entrada a un mundo de márgenes difusos, no por gusto el alcohol es denominado droga portera.
Me cuesta mucho trabajo entender a esos padres de “ven mete el dedito para que pruebes”, o de “sí tomate una cerveza si ya tu eres grande”, no, no y no, asumo que nunca se es lo suficientemente grande como para controlar sus actos una vez embriagado.
No obstante, la adultez acarrea la obligación legal de asumir las consecuencias de nuestros actos. Por eso enseñe a su hijo a ser asertivo, a decir “no quiero”, “no me gusta”, “no lo necesito para divertirme”, no le deje ser una víctima de la presión de grupo, sobre todo, predique con el ejemplo.
Por supuesto que es preciso ahondar en la responsabilidad de las instalaciones gastronómicas donde se venden bebidas alcohólicas, establecer normas para el consumo, crear una cultura que evite que la imagen que dio pie a este comentario se repita en las noches de Holguín.
Es muy triste pensar que ese o esa que ayer comenzaron, como en juego, solo mojándose los labios en una descarguita, o como una prueba de que sí eran grandes frente a sus amigos, hoy sean sombras que andan tambaleándose por la vida.

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