Crecer a su tiempo


Camino por las calles y los veo como caricaturas del adulto que serán. Uno canta una canción (las partes de la letra que entiende) de Wissin y Yandel o de Shakira en su alarde de pérdida de cordura. Como epidemia veo escolares, nada sencillos, con iluminaciones y pelados “muy alante”. Los he visto incluso con aretes aún sin conocer los ángulos adyacentes o los mejores transmisores de la electricidad. También he encontrado pequeñas con atuendos provocativos o que demandan autorización para hacerse un tatuaje. Sé de padres que lo han sopesado e incluso permitido. En niños de ambos sexos he observado con frecuencia un empeño de los adultos por convertirlos en ellos mismos con la celeridad de Usain Bolt.
No logro entender la razón de semejante despropósito. Me pregunto ¿no son acaso los adultos responsables de marcar los límites? Entonces escucho a alguien decir “tengo 10 capítulos de los Pequeños gigantes” y entiendo que no es solo aquí. Si me pareció una falta de sentido común la reciente pelea en el Reino Unido entre dos niños de ocho años convertida en espectáculo y validada como legal o ciertas fotos que circulaban por correo de niñas maquilladas a lo Marilyn Monroe que participaban en un concurso de belleza, aquello era una opaca representación de lo banal ante el mencionado show donde los niños mutan en algo que pretende divertir a los adultos a modo de un programa televisivo de pésimo gusto.
Este producto no es de consumo exclusivo de los mayores. También los infantes se “enganchan” con él. Uno podría pensar que una programación nacional diseñada para los niños con horarios que atienden a sus edades es suficiente, pero a veces ésta peca de las mismas deficiencias que tanto cuestionamos, que lo digan los Power Rangers o tantos otros nada desarrolladores ni logrados eficazmente desde el punto de vista audiovisual.
Aunque los Pequeños gigantes no se transmiten en televisión nacional llegan, como tantos otros programas, a manos de consumidores voraces que los persiguen. No se trata de cuestionar al mercado informal que distribuye productos audiovisuales de dudosa calidad, aunque ellos también deberían ser regulados. A quien vende el DVD poco le interesa su destinatario, a fin de cuentas no es esa su función. Corresponde al padre controlar qué programación consume su hijo.
El problema radica entonces en el hecho de que si un adulto valida lo fatuo es muy probable que transmita a su hijo tal criterio. Una vez que esto ocurra es imposible pretender que los pequeños no asuman conductas o actitudes que nada tienen que ver con su edad.
No quiero que se me acuse por lo anterior de querer niñificar a los infantes, mucho menos encerrarlos en asépticas burbujas o pretender que sean inocentes a ultranza pero hay etapas en la vida para cada cosa. Ser un “pequeño gigante” solo trasforma a un niño en bufón, un producto que mueve los raitings y capta audiencia ávida de entretenimiento enajenante.
Creo que la niñez debe vivirse a plenitud, que la familia es responsable por ello y que el gigante de mañana será mejor si se cuida al pequeño de hoy.

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