Sesenta años de un “zarpazo”


La experiencia y la historia han demostrado que muchas veces, cuando un político no puede dominar al pueblo por las vías legales o más solapadas, recurre a oscuras patrañas, entre sus más frecuentes alternativas se encuentra el golpe de Estado. Cuba conoció de este flagelo.

El 10 de marzo de 1952 el general y ex presidente Fulgencio Batista puso fin a la alternativa reformista que desde hacía más de una década se intentaba sostener en la Isla.

Presidía entonces el país desde 1948, el Dr. Carlos Prío Socarrás. El panorama en la isla se revelaba sombrío: una clase obrera divida y en muchos casos desorientada. Los gánsters se enseñoreaban y aplastaban cualquier intento de oposición, o al menos eso pretendían. La hegemonía norteamericana continuaba siendo una constante y los robos a los fondos públicos no eran noticia.

Fulgencio Batista, militar de profesión, para 1952 ya tenía experiencia en maniobras golpistas. Su primer ensayo fue en 1933 cuando encabezó el golpe que derrocaría a Carlos Manuel de Céspedes (hijo).

De 1940 a 1944 fue elegido presidente. Pero el General quería regresar al poder. Si lo impulsaba un delirio de grandeza o se le agotaba el capital robado en su mandato previo, no lo podemos afirmar, pero creó un partido, clara muestra de sus ansias arribistas. Más, los pronósticos para su victoria recordaban los de lluvia durante la sequía holguinera: cero.

Para 1949 su joven partido solo pudo llevar cinco representantes a la cámara, ubicándose en el penúltimo lugar entre los partidos existentes, entre otras razones por la exigua cantidad de sus afiliados.

De este modo el desafecto del pueblo hacia su persona se hizo evidente y Batista comenzó a crear una situación favorable para su plan B. Armó gran barullo sobre la seguridad de su vida. Hizo responsable de ella al Presidente Prío, quien llegó incluso a dictar una resolución, de la cual hizo llegar una copia a Batista, en la que exigía el respeto a la vida del dictador.

Gracias a las garantías que este ofreció pudo conservarla. De no haber sido así, poco hubiera durado con la larga lista de enemigos que se había agenciado. No obstante el susodicho, se hizo el desentendido para justificar su acción golpista.

Definitivamente Batista no ganaría las elecciones. El favorito del pueblo, pese a la pérdida de su líder primero, Eduardo Chivás, era el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Este parece haber sido el principal motivo que impulsó el golpe de Estado.

Desde la noche del nueve de marzo todo se gestaba. Se habían dispuesto cuatro puntos de penetración: Columbia, La Cabaña, La Punta y la jefatura de la policía. “El jefe indio en su puesto. La niña bien”, era la clave para dar inicio a la operación.

Batista sabía por viejo y por diablo y a última hora cambió de auto. Con algunos modificaciones continuó la estrategia golpista, apoyada desde el interior de Columbia donde oficiales complotados apresaron a los altos oficiales en sus residencias, entre ellos el general Ruperto Cabrera, jefe del ejército.

Algunos se resistieron. Fue en vano. En tanto, llegaban noticias a Batista de que La Cabaña, la marina de guerra y el cuartel maestre general de San Ambrosio, así como la policía, habían caído en manos de sus seguidores.

Mientras en Columbia eran detenidos más de 100 oficiales y suboficiales. Amenazados con ametralladoras por los aliados al general se les preguntaba uno por uno “¿Con quién está usted?” Obviamente en esa circunstancia… Su respuesta determinaba quedar en libertad, obtener un ascenso o ser detenido.

En el resto de la isla seguían cayendo en manos de los golpistas las fortalezas y cuarteles, el Moncada entre ellos. Desde esta ciudad un grupo de apoyo al golpe declaró a la prensa los “justos motivos” y las “elevadas razones” que perseguía el general Batista con este golpe.

Pese a la eficiencia del nuevo jefe de la policía, la prensa pronto conoció y divulgó la noticia, la primicia la tuvo Radio Reloj. Para el presidente en funciones ya era muy tarde, suponía que en las provincias se sostenía la lealtad al régimen, se equivocaba.

Entre las primeras organizaciones políticas que se manifestaron en contra del golpe se encontraba el Partido Socialista Popular. Bajo su égida se produjeron, el mismo 10 de marzo, manifestaciones masivas en Las Villas Camagüey y Oriente.

En Santiago los estudiantes de la Escuela de Artes y Oficios se declararon en huelga por 24 horas. En Santa Clara la radioemisora y la alcaldía fue tomada por un grupo de ortodoxos mientras otros se dirigían en gran número al cuartel Leoncio Vidal.

La FEU inmediatamente llamó a la huelga estudiantil y convocó a los ciudadanos a unirse para enfrentar esta afrenta y regresar a la estructura democrática de la República.

Los jóvenes fueron hasta la morada de Prío, quien vivía sus últimas horas como presidente. Llegaron hasta allí para recibir órdenes del legítimo representante de la democracia republicana, quien no tenía un plan para defender este orden de cosas y sí un miedo enorme. Quizá sintiendo la presión de los estudiantes que pedían una respuesta, un plan para contrarrestar el golpe, Prío promete armas que nunca llegarían, evidencia irrefutable de su cobardía.

En tanto el Partido Ortodoxo, al que parecían haberle robado la futura victoria en las elecciones, estuvo bastante silencioso, excepto por la contundente respuesta de un representante de su ala izquierda: Fidel Castro.

Su respuesta estaba contenida en un manifiesto dirigido al pueblo con un título más que acusador: “¡Revolución no, zarpazo!”

El documento contenía una fuerte denuncia de las intenciones más concretas del golpe y exhortaba a la población a levantarse contra el régimen que se imponía.

Ya avizoraba los rasgos que tipificarían al mandato del general golpista:

Sé de antemano que su garantía a la vida será la tortura y el palmacristi. Los suyos matarán aunque usted no quiera, y usted consentirá tranquilamente porque a ellos se debe por completo. Los déspotas son amos de los pueblos que oprimen, y esclavos de la fuerza en que sustentan la opresión”.

Y advertía: “Cubanos: Hay tirano otra vez pero habrá otra vez Mellas, Trejo y Guiteras. Hay opresión en la Patria, pero habrá algún día otra vez libertad.”

Fidel además, en su condición de abogado, acusó a Batista ante los tribunales, de violentar los poderes constitucionales del Estado y de obstaculizar las funciones del legítimo Presidente de la República, del Congreso y la celebración de elecciones, así como de inducir al Ejército a cometer el delito de sedición.

Pero las protestas de los cubanos dignos no fueron suficientes para detener al tirano. Aquellos que reaccionaron contra el golpe carecieron de una guía certera que los condujese y unificase para ejecutar acciones de mayor impacto.

Las organizaciones partidistas y sus líderes no tuvieron la capacidad de estructurar un movimiento de resistencia a la dictadura que amenazaba con imponerse con Batista a la cabeza.

A consecuencia del hecho relatado ocurrió una profundización de la crisis existente. Además marcó el fin de las ilusiones reformistas que algunos aún conservaban. Pese a ello es posible afirmar que, quizá sin saberlo, Batista contribuyó a la gestación de una situación revolucionaria.

El zarpazo del 10 de marzo de 1952 fue una razón adicionada al monto que acumulaban los cubanos dignos para concebir la lucha armada como única alternativa para la libertad definitiva.

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